El difícil arte de escribir

plumaYa pasó más de un año sin haber publicado ni un pequeño párrafo en este blog. Si la última nota hacía referencia a cómo enamorarse con algunas preguntas esta vez me pareció adecuado alejarnos del amor (no mucho) y abordar la ardua tarea de escribir. Seamos honestos, siempre hay algo para expresar independientemente del medio que elijamos para tal fin. La música, la pintura, el cine, una charla de café con amigos, una carta, una indirecta en las redes sociales. Todos son posibles y todos encierran diferentes grados de dificultad.

El Nobel de literatura Thomas Mann caracterizaba de manera ingeniosa su profesión. El señalaba que “Un escritor es alguien para quien la escritura es más difícil de lo que es para otras personas”. Hasta ahora no leí una descripción tan acertada de lo que fue este último año. ¿Pero donde radica ésta dificultad? Aunque tengamos siempre algo para decir muchas veces lleva su tiempo transformarlo en algo claro y preciso; y mucho más difícil se hace si la intención es compartirlo con el mayor número posible de personas.

La materia prima de un escritor es la vida misma dividida en experiencias, emociones, traumas, amor y todo aquello que sea importante para conformar la personalidad de cada uno. Constantemente, buscadas o no, la vida nos sorprende con nuevas experiencias y muchas de ellas tienen la capacidad de transformarnos. La vida siempre va un paso a delante y asimilarlo para volcarlo al papel puede llevar su tiempo. Se pueden sentir cosas nuevas pero la capacidad de escritura es vieja, hecha para la persona que era antes, y ahora ya no alcanza. Es ese momento en el que todo se paraliza, el contenido desborda las palabras, la estructura y la forma. Es tanto lo que uno quiere expresar que el bloqueo se asemeja a un inmenso dique intentando contener la inundación que puede provocar un río a punto de rebasar.

Muchos pueden decir que hay que dejar correr el agua, pero a veces es tanta que la inundación resultante no ayuda sino que empeora, desordena, destruye y a fin de cuentas arrasa con todo a su camino sin dejar nada claro en pie. El secreto quizás esté en aceptar el momento, escuchar lo que nos cuenta nuestro alrededor, madurar, crecer y hacer más fuerte ese dique para poder soltar la presión de tal manera que la energía producida sea limpia, duradera y liberadora con uno mismo. Aprender a expresar de manera artística lo que sentimos es un acto de madurez constante que ocupa toda la vida. La inspiración llega cuando iluminamos esos sentimientos, inmediatamente la creatividad será la encargada de transformar eso en un texto, una pintura o una partitura.

Una persona que ama escribir debe comprender que amar también es un arte. Esto implica que exista al menos una técnica para dominarlo y ponerlo en práctica. Ahora bien, para Erich Fromm la práctica de cualquier arte tiene ciertos requisitos. En primer lugar requiere disciplina: nunca haré nada bien si no lo hago de una manera disciplinada; cualquier cosa que haga solo porque tengo el estado de ánimo apropiado puede constituir un hobby más nunca llegaré a ser un maestro en este arte. La concentración es la segunda condición indispensable. Parece difícil en una cultura que lleva a una forma de vida difusa y desconcentrada donde se hacen muchas cosas a la vez. La falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos. Un tercer factor es la paciencia, necesaria para lograr cualquier cosa. Si aspiramos a obtener resultados rápidos, nunca aprenderemos un arte. Una vez cumplido los requisitos, la práctica del arte de escribir y amar requiere la práctica de la fe. Entendemos aquí a la fe como la cualidad de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones. Tener fe requiere coraje, la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar incluso el dolor y la desilusión.

El estar atento para escuchar que es lo que la vida nos tiene para decir parece ser una de las tareas más difíciles, mientras tanto continúo atesorando en papelitos lo que ella me susurra al oído.

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A modo de inicio… (Cuando me amé de verdad)

SmileUn nuevo año ha comenzado y está en nosotros dejar que todo siga igual o seguir buscando lo que no pudimos alcanzar en el anterior. No dejemos que las metas y las propuestas de cambio se acumulen en enero. Las metas deberían proponerse todos los días. Levantarse todas las mañanas y ponerse como meta tener un día feliz debería ser lo esencial. Mentalizarse en positivo todas las mañanas es el primer paso para tener un gran día.

Si logramos que el 51 por ciento del día sea un gran día, por insignificante que sea, ya cuenta como positivo. Acumular la mayor cantidad de estos días positivos al año nos ayudará a predisponernos a que cosas buenas nos sucedan. Acumular de estos días nos ayuda a alcanzar nuestras metas y que a fin de año podamos decir que fue un excelente año.

Aunque siempre es costoso quedarse con lo bueno, no sirve de nada evaluar lo negativo de cada año, tendemos a dar vueltas y más vueltas sobre lo malo que nos pasó. Si tratamos que cada día sea un hermoso día lograremos despejar la negatividad y a la hora de la evaluación no habrá lugar para lo malo. Comenzar a quererse cada vez un poquito más es el primer paso para tener un gran día.

Con este año, seguiremos escribiendo en este blog sobre aquello que hace que esta sociedad funcione, sobre aquellas cosas que creemos que son naturales y las aceptamos sin darnos cuenta que puede existir otra razón. Trataremos de llamar la atención sobre aquellas cosas que hacen que nuestro día se desvié y termine siendo uno malo. Como así también trataremos aquellos sentimientos e ideas que nos ayudan a que cada día sea un día mejor.

 

Cuando me amé de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.

Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.

Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es… respeto.

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.

Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.

Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.

Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.

Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir!

No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

Charles Chaplin

¿Por qué la vida no viene con manual?

erroresHoy, luego de mucho tiempo sin escribir, me siento nuevamente frente al teclado para dejar salir cosas que no puedo expresar verbalmente. Desde mi última publicación he cometido muchos errores. Errores que quizá de manera inconsciente cometí una y otra vez, pero totalmente seguro que de manera involuntaria han lastimado a otras personas.

Creo que no hay peor error que no asumir que se cometió uno. ¿Pero cuando sabemos que es un error lo que estamos haciendo?… Cuando nos damos cuenta que eso nos hace mal?, Cuando vemos que herimos a otros? Podemos cometer miles de errores durante nuestra vida y quizá muchos no los reconozcamos hasta el día de nuestra muerte. Quizá nunca nos demos cuenta que ciertas cosas pueden lastimar. Pero el día que nos damos cuenta de ellos debemos estar agradecidos.

El día en el que reconocemos que nos equivocamos es el día en el que crecemos un poco más como personas. Es el día en el que entendemos que nuestras acciones tienen consecuencias y que dichas consecuencias pueden ser contraproducentes para uno mismo. Podemos revivir errores del pasado que creíamos perdidos, olvidados pero que en el presente todavía pueden lastimar. Errores que quizás cometimos en etapas en las que uno se encontraba perdido, sin saber qué rumbo tomar. Pero que gracias a amigos o simplemente personas que el destino nos pone delante podemos corregir. Personas que nos sacan de la niebla y nos depositan nuevamente en la senda, quizás sin que nosotros mismos nos demos cuenta. Personas que no conocen nuestros errores pasados, pero no porque se los ocultemos, sino porque gracias a ellos retomamos el camino.

Son esos errores del pasado que no hacen otra cosa que vivir en él. Errores que seguramente nunca volveremos a cometer gracias a estas personas. Somos seres humanos  y ninguno está exento de cometerlos. Lo grave sería no aprender de ellos, porque justamente si hay algo que nos hace seres humanos es por un lado cometer errores, pero por el otro reconocerlos y no volver a cometerlos.

¿Porque cometemos errores? Porque no nacemos sabiendo. Porque la experiencia también se adquiere equivocándose. Porque el error nos da esa sabiduría que los libros no nos pueden dar.  Porque intentamos hacer las cosas lo mejor posible y a veces no nos damos cuenta que ciertas actitudes no son las correctas y lo que pensábamos que estaba bien resulta dañar a otros.

He cometido muchos errores en el pasado, he hecho cosas de las que no me enorgullezco. En un tiempo hubo errores que me llevaron a cometer otros errores. En el medio de todos ellos conocí esa persona que te devuelve a la senda y me olvidé de ellos. Comencé a cometer otros errores. Puse y pongo todo mi esfuerzo para no cometerlos porque sé que me dañan y no demuestran la persona que soy o que quiero ser, pero sobre todo porque dañan a quien no se lo merece. Sin embargo, por más que uno se esfuerce, los errores del pasado, aunque uno ya no los cometa, siguen estando y siguen atormentando con sus consecuencias, dañando y llevándonos nuevamente a la niebla.

Solo me queda por decir que me arrepiento de todos mis errores, de aquellos que no me dejaron crecer, vivir y soñar como mi corazón deseaba y sobre todo de aquellos que cometí sin saber que más adelante lastimarían a la persona que quiero.

Un amargo adiós

deciradiosHace un par de semanas una amiga publico en su muro una frase que decía más o menos así: “Si eres valiente para decir ADIÓS la vida te recompensará con un nuevo HOLA, porque lo que unos desperdician… otros mueren por tenerlo.” Y después de leer me pregunté ¿somos valientes? ¿Por qué es tan difícil decir adiós? Pero después de pensarlo caí en la cuenta de que todos, muy dentro nuestro, conocemos las respuestas, es que simplemente… somos cobardes.

Somos cobardes, porque decir adiós significa que una parte nuestra muere con esa persona y la verdad es que no queremos que muera. Preferimos mantener esa parte en lo que yo diría un estado de coma del cual nunca sabremos si despertará. Ya no reacciona, no sabemos si en un futuro se levantará, la llevamos a todos lados como si fuese una mochila cargada de piedras. Pero todo eso no importa, aún la tenemos con nosotros, sigue siendo nuestra.

Creemos que los recuerdos se esfumarán, todo desaparecerá y habrá que empezar de nuevo. Pero lo que es peor, vivimos aferrados a esos recuerdos y no nos damos cuenta que son simplemente evocaciones de un pasado encerradas en nuestra mente. Nos cuesta recordar que vivimos a través de los sentidos y no de estos recuerdos. La sensación de dos labios chocándose, oler ese perfume que emana la piel, acariciar suavemente una espalda o simplemente observar la sonrisa de una persona cuando esta junto a nosotros tiene mucho más valor que un simple recuerdo. Son esas pequeñas cosas las que nos hacen sentir más vivos. Pero vivir de esos recuerdos parece ser más fácil, pues ellos no nos lastiman.

No decimos adiós porque también tenemos temor a lo desconocido, decir adiós implica abrirse a un mundo nuevo, a nuevas experiencias y a nuevas personas. Esto quiere decir que también nos abrimos a una nueva posibilidad de que nos lastimen, que no nos valoren, de volver a revivir ese pasado al que creímos decirle adiós. Sin embargo me parece que en este punto es donde deberíamos dar lugar a la experiencia. ¡Ojo! nadie garantiza que no revivamos aquello que dejamos en el olvido. Simplemente cuando decimos adiós significa que crecimos y aprendimos que es lo que nos hace mal y que queremos para nuestra vida de ahí en más.

Decir adiós significa dejar de lado esa mochila y no quiere decir que necesariamente nosotros somos los que vamos a decir el nuevo hola. Dejar de lado esa parte nuestra que esta moribunda nos dará el espacio y tiempo necesario para ver aquello que antes teníamos frente a nuestras narices. Recuerdo el dicho popular que reza “el árbol no te deja ver el bosque”. Y esto es verdad, el árbol es ese adiós que tanto nos cuesta decir, no vemos que más allá hay todo un mundo nuevo por explorar y conocer.

Adiós no quiere decir que tengamos que renunciar a todo lo que creímos que era bueno, sino más bien quiere decir que debemos aceptar aquello que ya no tiene futuro. Una vez aceptado esto podremos comenzar a construir un nuevo futuro en base a lo que creemos que es correcto y bueno para nosotros. Saber despedirse es lo más importante porque no hay nada más triste que extrañar a aquella persona que está a tu lado.

 

Les dejo la frase completa que sirvió como disparador de esta nota:

“Es mejor retirarse y dejar un bonito recuerdo, que insistir y convertirse en una verdadera molestia. No se pierde lo que no tuviste, no se mantiene lo que no es tuyo y no puede aferrarse a lo que no se quiere quedar. Si eres valiente para decir ADIÓS la vida te recompensará con un nuevo HOLA. Porque lo que unos desperdician… otros mueren por tenerlo”

Anotaciones sobre el Amor (Conclusiones)

Que difícil se hace escribir una conclusión de un tema que nunca termina de comprenderse completamente. Si algo queda claro es que el verdadero amor no es como lo imaginamos. El verdadero amor implica arriesgarse, es una apuesta que podemos ganar o perder. Si ganamos podremos disfrutar, no digo una vida, pero sí un tiempo el hecho de sentirse completo, de poder entregar a otra persona todo lo bueno que poseemos sin el interés de recibir algo a cambio. En cambio, si perdemos se hace difícil aceptar el dolor de ser rechazado.

Pero ganar no quiere decir que todo va a ser fácil, el amor es un arte y como tal hay que saber dominar la técnica para poder experimentarlo al máximo. El aprendizaje de esta técnica no se logra de un día para el otro, muchos factores intervienen en ella. Desde el entorno al que llegamos al momento de nacer hasta las experiencias que vivamos de niños moldearan nuestra capacidad de amar sanamente

No hay garantías, el amor es un salto de fe, de creer en el otro, de confiar que nunca nos harán daño. Sin embargo somos seres humanos y nuestros intereses y deseos mutan a través del tiempo y lo que hoy es felicidad mañana puede ser dolor. Por eso es importante comprender que el amor siempre carga con esa mochila de sufrimiento que puede o no abrirse. Pero creo que aún es mucho más importante entender que ese dolor puede superarse y que podemos reencontrar la felicidad a la vuelta de cualquier esquina.

Siempre escuché que el hombre, gracias a su capacidad racional, es el único animal que no tropieza dos veces con la misma piedra. Entonces hay que agradecer que el amor tenga una pequeña cuota de irracional, porque a pesar de haber sufrido experiencias devastadoras, después de un tiempo, nos seguimos animando a apostar por él. Volvemos a tropezar una y otra vez con la misma piedra y ¿por qué? Porque ese tropezón es el que nos recuerda que estamos vivos, nos recuerda que no somos maquinas que estamos en la sociedad solo para cumplir un rol específico. Porque gracias al amor el hombre ha sacado lo mejor de sí, porque a partir de él podemos ser mejores personas para el beneficio de quienes nos rodean.

Seguimos apostando al amor porque nos importa la persona que tenemos al lado, porque ella no hace ser mejores y nos hace sentir únicos. Celebro que pese a todo sigamos apostando a un amor sano, nunca es tarde para ello. Aquel que no lo ha vivido o solo conoce amores enfermos que no desespere, tarde o temprano tropezará con esa piedra y sentirá en su pecho los latidos de la vida. Y si toca caer al piso tampoco hay que desesperar, somos seres humanos y podemos ponernos de pié mil veces más para seguir caminando y, ¿por qué no?, para seguir tropezando.

 

…”Muchas noches el invierno

me ató desde la ausencia

la soga del recuerdo,

pero siempre me he soltado

como un potro mal domado

por mañero, y porque yo

que anduve enamorado

rompí como una rosa

las cosas del pasado.

Y ahora,

que estoy viviendo en otra aurora

no me expliquen el amor

que aunque tenga que aprender

nadie sabe más que yo.”

(Homero Expósito, del tango ¡Qué me van a hablar de amor!)