Un amargo adiós

deciradiosHace un par de semanas una amiga publico en su muro una frase que decía más o menos así: “Si eres valiente para decir ADIÓS la vida te recompensará con un nuevo HOLA, porque lo que unos desperdician… otros mueren por tenerlo.” Y después de leer me pregunté ¿somos valientes? ¿Por qué es tan difícil decir adiós? Pero después de pensarlo caí en la cuenta de que todos, muy dentro nuestro, conocemos las respuestas, es que simplemente… somos cobardes.

Somos cobardes, porque decir adiós significa que una parte nuestra muere con esa persona y la verdad es que no queremos que muera. Preferimos mantener esa parte en lo que yo diría un estado de coma del cual nunca sabremos si despertará. Ya no reacciona, no sabemos si en un futuro se levantará, la llevamos a todos lados como si fuese una mochila cargada de piedras. Pero todo eso no importa, aún la tenemos con nosotros, sigue siendo nuestra.

Creemos que los recuerdos se esfumarán, todo desaparecerá y habrá que empezar de nuevo. Pero lo que es peor, vivimos aferrados a esos recuerdos y no nos damos cuenta que son simplemente evocaciones de un pasado encerradas en nuestra mente. Nos cuesta recordar que vivimos a través de los sentidos y no de estos recuerdos. La sensación de dos labios chocándose, oler ese perfume que emana la piel, acariciar suavemente una espalda o simplemente observar la sonrisa de una persona cuando esta junto a nosotros tiene mucho más valor que un simple recuerdo. Son esas pequeñas cosas las que nos hacen sentir más vivos. Pero vivir de esos recuerdos parece ser más fácil, pues ellos no nos lastiman.

No decimos adiós porque también tenemos temor a lo desconocido, decir adiós implica abrirse a un mundo nuevo, a nuevas experiencias y a nuevas personas. Esto quiere decir que también nos abrimos a una nueva posibilidad de que nos lastimen, que no nos valoren, de volver a revivir ese pasado al que creímos decirle adiós. Sin embargo me parece que en este punto es donde deberíamos dar lugar a la experiencia. ¡Ojo! nadie garantiza que no revivamos aquello que dejamos en el olvido. Simplemente cuando decimos adiós significa que crecimos y aprendimos que es lo que nos hace mal y que queremos para nuestra vida de ahí en más.

Decir adiós significa dejar de lado esa mochila y no quiere decir que necesariamente nosotros somos los que vamos a decir el nuevo hola. Dejar de lado esa parte nuestra que esta moribunda nos dará el espacio y tiempo necesario para ver aquello que antes teníamos frente a nuestras narices. Recuerdo el dicho popular que reza “el árbol no te deja ver el bosque”. Y esto es verdad, el árbol es ese adiós que tanto nos cuesta decir, no vemos que más allá hay todo un mundo nuevo por explorar y conocer.

Adiós no quiere decir que tengamos que renunciar a todo lo que creímos que era bueno, sino más bien quiere decir que debemos aceptar aquello que ya no tiene futuro. Una vez aceptado esto podremos comenzar a construir un nuevo futuro en base a lo que creemos que es correcto y bueno para nosotros. Saber despedirse es lo más importante porque no hay nada más triste que extrañar a aquella persona que está a tu lado.

 

Les dejo la frase completa que sirvió como disparador de esta nota:

“Es mejor retirarse y dejar un bonito recuerdo, que insistir y convertirse en una verdadera molestia. No se pierde lo que no tuviste, no se mantiene lo que no es tuyo y no puede aferrarse a lo que no se quiere quedar. Si eres valiente para decir ADIÓS la vida te recompensará con un nuevo HOLA. Porque lo que unos desperdician… otros mueren por tenerlo”

Anuncios

El Árbol de los Problemas

El carpintero que había contratado para que me ayudara a reparar una vieja granja acababa de finalizar su primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se había dañado, haciéndole perder una hora de trabajo, y su viejo camión se negaba a arrancar. Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol y tocó las puntas de las ramas con ambas manos.

Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso entusiasta a su esposa.

De regreso me acompañó hasta el carro. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes.

“Este es mi árbol de problemas —contestó—. Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa, y en la mañana los recojo otra vez. Lo divertido —dijo sonriendo— es que cuando salgo a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior”.