Hay personas…

Hay personas que tienen pareja pero se sienten tan solas y vacías como si no las tuvieran.
Hay otras que por no esperar deciden caminar al lado de alguien equivocado y en su egoísmo, no permite que ese alguien se aleje aún sabiendo que no le hace feliz.

Hay personas que sostienen matrimonios o noviazgos ya destruidos, por el simple hecho de pensar que estar solos es difícil e inaceptable.
Hay personas que deciden ocupar un segundo lugar tratando de llegar al primero, pero ese viaje es duro, incómodo y nos llena de dolor y abandono.

Pero hay otras personas que están solas y viven y brillan y se entregan a la vida de la mejor manera. Personas que no se apagan, al contrario, cada día se encienden más y más. Personas que aprenden a disfrutar de la soledad porque las ayuda a acercarse a si mismas, a crecer y a fortalecer su interior.

Esas personas son las que un día sin saber el momento exacto ni el por qué se encuentran al lado del que las ama con verdadero amor
y se enamoran de una forma maravillosa.

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Aquellas pequeñas cosas

MiedoSi analizamos el miedo desde el punto de vista de la biología nadie se opondría a decir que es una emoción positiva. Es un esquema adaptativo que constituye un mecanismo de defensa y supervivencia, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. Pero me parece más interesante analizar el punto de vista psicológico y sociocultural del miedo. Sigmund Freud, en su teoría del miedo, definió dos términos del miedo: miedo real y miedo neurótico. El miedo real es aquel que surge cuando la dimensión del miedo está en correspondencia con la dimensión de la amenaza. Existe miedo neurótico cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro.

El modelo de la psicología profunda nos dice que el miedo existente corresponde a un conflicto básico inconsciente y no resuelto, al que hace referencia. El pasado nos condena y el temor de revivir experiencias traumáticas nos paraliza ante las decisiones del presente. De manera inconsciente, sin saber que estos miedos existen, determinan nuestra personalidad, determinan nuestra capacidad de adaptación a determinadas situaciones. ¿Somos de enfrentar las trabas que nos pone la vida?, ¿Las contemplamos sin saber qué hacer?, ¿Les tenemos pánico y huimos de ellas para caer en la depresión y la angustia? Entonces creo que es correcto cuestionarse si somos completamente libres de tomar decisiones o si éstas están determinadas por nuestro pasado. Un pasado que renace en el presente en forma de miedo.

Nos puede dar miedo iniciar una relación por miedo a que nos lastimen. Nos puede dar miedo dejar ir a una persona por miedo a la soledad. Nos da miedo expresar lo que sentimos por miedo a quedar expuestos e indefensos. Como dice Serrat en su canción, son esas aquellas pequeñas cosas que creemos que mato el tiempo y la ausencia. Pequeñas cosas que residen en un rincón del inconsciente, que ya vivimos y que vuelven sin preguntarnos. Son ellas las que nos ponen límites a nuestro desarrollo personal, no nos dejan avanzar. Pero esto también sucede porque nosotros no sabemos cómo dominarlas o no contamos con las herramientas adecuadas para hacerles frente.

Desde el punto de vista social y cultural, el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos (miedo al miedo, miedo al amor, miedo a la muerte, miedo al ridículo) y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura. La sociedad y la cultura son el marco contenedor de estos miedos neuróticos. El ser humano, como miembro de la sociedad, esta propensos en caer en mayor o menor medida en las fobias, traumas de niñez, violencia y cualquier elemento que pueda quedar grabado en la cabeza como signo del miedo.

¿De qué manera podemos cambiar estas conductas? En primer lugar parece lógico enfrentar el miedo. Hay que pensar que el pasado no va a reaparecer a menos que nosotros se lo permitamos. Nosotros tenemos el control de nuestras vidas, no nos tienen porque pasar las mismas cosas. El pasado determina quienes somos pero no por eso debe determinar hacia dónde vamos. Vivir el presente en su máximo esplendor y forjar un futuro desde el ahora deberían ser las herramientas para vencer el miedo. No hay que dejar que nos aísle, fortalecer la autoestima día a día nos hace personas más fuertes y por lo tanto capaces de enfrentar los peores temores sin dejar de ser uno mismo.

El Dalai Lama dice “Solo existen dos días en el año en los que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para amar, creer, hacer y principalmente vivir”. No tiene sentido luchar contra el pasado, no puedes modificarlo. Pero tampoco es cuestión de sentarse a esperar futuros perfectos. Es en el hoy donde uno tiene que vivir y forjar su futuro sin temor al fracaso, la soledad y la angustia.

Condenados a la soledad

No sería tan errado pensar que la soledad es una condición innata en los seres humanos. Si recurrimos un poco a la metafísica podemos remontar el origen de la soledad allí donde la imaginación parece perderse: el Universo. Desde que el hombre soñó con conquistar la luna se preguntó si la tierra era el único planeta habitado y si nosotros somos los únicos con el don de la razón dentro de este cosmos infinito. Esta angustia de pensar que somos insignificantes y quizás los únicos habitantes  del espacio es la soledad primaria que carga la humanidad.

Todos acarreamos algo de soledad por el solo hecho de ser parte de la humanidad. García Márquez y su obra Cien años de soledad nos enseño que la soledad no se trata de aislamiento  sino que la misma también se puede sufrir rodeada de seres queridos. Es en la vida rutinaria a la que nos somete la sociedad donde podemos observar las distintas variaciones de esta condición. Por momentos la deseamos con ansias para ponerle un freno a la vorágine del día a día, aclarar nuestra mente y repensarnos el futuro. Pero por otros, tememos  que nos aseche en cualquier esquina y nos sumerja en un mundo de depresión.

Cada vez es más común encontrar en la mirada de las personas los rasgos solitarios que García Márquez describía en el Coronel Aureliano Buendía y que se repetían generación tras generación.  Más allá de que lleguemos a nuestras casas y encontremos a nuestro ser amado e hijos y que  pasemos gran parte de nuestro tiempo rodeado de amigos, la batalla sin tregua que le damos a la rutina la hacemos cada uno de nosotros. Los esfuerzos que realizamos para sentirnos completos y felices son nuestros y únicos, es un camino que construimos a partir de nuestras decisiones y por eso no es raro sentirnos solos por momentos.

Por otro lado, para palear la soledad rutinaria, habitamos un mundo conectado por Internet y las redes sociales. Al parecer estamos más unidos y comunicados que nunca en la historia. Es la época de la digitalización de la soledad, podemos tener miles de amigos sin antes haber cruzado una palabra con ellos. Poseemos la falsa sensación de estar rodeados y habernos escapado a la soledad cuando lo cierto es que nos aislamos en un mundo virtual que solo existe dentro de las computadoras.

 

 

Soledad

Poesía de la ya desaparecida Victoria Pueyrredón para introducir el próximo tema.

 

Es cansancio de la vida y hartazgo

De las frases, los gestos, y de todo,

Es evocar un rostro, rasgo a rasgo,

Recordando un momento, de algún modo…

 

Sentir que lo que duele a nadie importa,

Reír y de reír estar cansada,

Gemir en voz muy baja estando sola,

Querer entretenerme y no hacer nada…

 

Es llevar un amor en el recuerdo,

Revivirlo en amarga letanía,

Pasar las horas largas frente a un muerto

Y sentir que no acaba nunca el día…

 

Ver llegar con terror las horas largas

Y sentir el silencio de un vacío,

Temerle a la caída de la tarde,

Cerrar los ojos y temblar de frío…