La maldición de la esperanza

EsperanzaHace ya 45 años el filósofo humanista Erich Fromm publicaba “La Revolución de la Esperanza” como observación aciaga del avance de la tecnología sobre las relaciones humanas. Para Fromm el ser humano se dirigía inminente-mente hacia una mecanización y estandarización de las ideas. El hombre como tal perdería su independencia y pasaría a ser un engranaje de la “maquina”. Ante este horizonte sombrío Fromm plantea la idea de un movimiento humanista radical, consistente en grupos pequeños y descentralizados con una meta común y un común aprecio de los valores de una vida nuevamente orientada. Semejantes activistas de la esperanza, en opinión del autor, podrán superar las compulsiones de nuestra era tecnológica.

Cuando escribe este libro Fromm pensaba en vislumbrar un camino que conduzca al renacimiento del humanismo y la esperanza. La esperanza en una sociedad que pondrá la técnica al servicio del bienestar del hombre. Sus ideas se fundan en la convicción de que podemos hallar las nuevas soluciones necesarias con la ayuda de la razón y el amor apasionado por la vida, y no a través de la irracionalidad y el odio.

Sin embargo cuatro décadas y media después ¿Dónde nos encontramos?. ¿Somos o no una pieza de esta gran maquinaria que es la sociedad de consumo capitalista? Lamentablemente no creo que estemos ni siquiera cerca de lo que Fromm pregonaba mucho tiempo atrás. Nos hemos vuelto cada vez mas individualistas queriéndonos diferenciar a gritos del resto de las personas. Pero lo cierto es que todos ya somos parte de una gran maquinaria global que parece aplacarnos y encasillarnos sobre un limitado numero de diferencias. No somos realmente muy diferentes el uno del otro, Internet y las redes sociales nos dan la posibilidad de presentarnos al mundo pero siempre bajo las leyes que nos plantea el mundo digitalizado y virtual. Al parecer ya no alcanza con la esperanza

Hoy más que nunca las palabras de Nietzche parecen tener completa vigencia. El decía “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento de los hombres”. Por un lado podemos discutir lo que muchos llamarían el aspecto negativo de esta frase. La esperanza parece ser un estado de inacción en el cual el hombre se sumerge con la idea de un futuro mejor que hoy esta lejos de sus posibilidades o control pero que quizá el día de mañana será posible alcanzar.

Depositar la esperanza en otras personas o situaciones como por ejemplo cuando decimos: “tengo la esperanza de que tal persona cambie sus actitudes” nos puede bloquear en el presente, nos hace pensar que el cambio no depende de nosotros. Esta idea nos sumerge en el peligro de la inacción, de esperar sentados a que el destino arregle todo por nosotros. Y este es el tormento al que se refiere Nietzche, al sufrimiento que genera el estar una eternidad esperando que las situaciones, los problemas, las relaciones, los dolores se esfumen, se solucionen o que simplemente muten hacia algo más controlable.

Pese a todo no creo que el pensamiento del filósofo alemán sea fatalista o convoque a la inacción. Me parece todo lo contrario, es un grito desesperado para entrar en acción. Para despertarnos de la ilusión y poner manos a la obra porque nosotros somos los constructores de nuestro propio destino. Simplemente no se trata de descartar la esperanza sino volverla real. Es un llamado para que no nos quedemos en nuestros sueños y salgamos a conquistarlos. Por eso, cada vez que se presenta una situación difícil y sin perspectivas escucho decir “la esperanza es lo último que se pierde” sin embargo creo que para salir adelante y luchar por un futuro mejor la esperanza debería ser lo primero en perderse.

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Ese objeto del deseo (apéndice de Anotaciones sobre el Amor)

Espero, con la última seguidilla de notas sobre el amor, haber contribuido apenas un poco en la difícil tarea de desmitificar tal sentimiento. Sé que el tema es amplio y puede dar a lugar a miles y miles de páginas que llegarían a otras tantas miles de conclusiones. Por eso mismo creo que más adelante el tema del amor sobrevolara nuevamente este blog. Pero volviendo al tema de hoy quiero que esta nota sea a manera de apéndice sobre el triangulo que forma el amor, el deseo y la infidelidad. Porque si hablamos de amor el peor miedo que siempre surge con él es el de la infidelidad.

Este triangulo se compone de dos elementos que son de raíces culturales y sociales (amor e infidelidad) y otro que es puramente psicológico (deseo). Los seres humanos nacemos en una sociedad sin poder elegirla, somos productos culturales de la misma. Somos un simple engranaje que permite perpetuar el orden civilizado. En una sociedad occidental como la nuestra el amor marital parece tener que estar dirigido únicamente a una persona y la infidelidad se presenta como la traición a ese pacto de amor entre dos personas. La infidelidad es una construcción cultural derivada de otra, también cultural como lo es el amor.

Estas no son más que “reglas” culturales que no compatibilizan del todo con el deseo. El deseo es un impulso y como tal es difícil de controlar hasta que lo satisfacemos. Las motivaciones de un deseo y la elección del objeto al que está dirigido varían de persona a persona. Lo que es común a todos es que el deseo una vez satisfecho muda de objeto. Por ejemplo, puedo desear con todas mis fuerzas comprarme un auto, una vez que logro mi objetivo mi deseo se encuentra satisfecho por lo que mi impulso se mudara hacia otro objeto como puede ser querer comprar una casa. Desde este punto de vista el deseo es fundamental para nuestro desarrollo como personas ya que es este impulso el que nos motivará al cambio, al crecimiento, a mirar un futuro con esperanzas. Sin deseos nos encontraríamos estancados siempre en el mismo sitio.

Pero como deseamos objetos o llegar a determinadas metas también podemos desear a otra persona. Y aquí podemos hacer una diferencia entre desear y amar a una persona. Puedo desear sexualmente a un individuo sin el amor de por medio. Por eso es común que el infiel no deje fácilmente a su pareja por otra persona que solo está para satisfacer un deseo. Que deseemos a otra persona no quiere decir que la amemos. En este punto es importante comprender que la infidelidad no implica siempre que el amor haya desaparecido. El problema se presenta cuando anteponemos nuestros deseos sobre la confianza y el amor de la pareja sin medir el daño que podemos causarle.

No profundizare en definir el amor ya que las notas anteriores bastan para ello. Solo recordaremos que el amor se basa en una relación de confianza, de aceptación y sobre todo de respeto. El deseo no entiende de estas razones, por supuesto que muchas personas pueden controlar estos impulsos sublimándolos hacia otros objetos que no dañan la pareja. Pero tampoco debemos engañarnos con la ilusión de que una persona puede ser completamente fiel ya que nunca comprenderemos cuales son los motivos que disparan sus deseos y hacia quienes están dirigidos. Por otro lado tampoco es correcto jactarse de que uno es fiel y siempre lo será porque el objeto del deseo es muy cambiante.

Creo que la fidelidad y la infidelidad no hacen otra cosa que reforzar la definición de amor. Todo se basa en la confianza y el respeto, como decía en notas anteriores el amor es un salto de fe. Definitivamente no es bueno dejar de vivir el amor por miedo a la infidelidad. Que el miedo no nos prive de muchas cosas bellas; y si nos toca caer, nunca es tarde para aprender y ser más precavido para la próxima vez.

“No todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama”