Propias del amor…

Carl

Carl Gustav Jung

“Propias del amor son la profundidad y la sinceridad del sentimiento, sin las que el amor no es amor sino mero capricho”. De esta manera el psicólogo Carl G. Jung intentó resumir su solución al problema del amor, el cual supone un desafío para la totalidad de la persona. Es claro y directo cuando asegura que solo existen soluciones satisfactorias cuando se juega el todo por el todo. Las nimiedades son parches que no sirven para nada.

No existen medios sencillos para hacer fácil una cosa difícil como es la vida, y el amor, como parte integral de esta, no es la excepción. Para Jung el amor exige una actitud incondicional; espera una total entrega. Así como solo el creyente que se entrega por completo a su dios llega a ser partícipe de la gracia divina, el amor solo devela sus más altos secretos y maravillas a quien es capaz de la entrega y la felicidad incondicional del sentimiento. Pero este esfuerzo es tan difícil que seguramente son muy pocos los mortales que puedan presumir de haberlo conseguido. Precisamente porque el amor más entregado y más fiel es también el más hermoso, no debería nunca buscarse lo que pudiera hacerlo fácil.

Es sorprendente que estas reflexiones se hayan pronunciado hace casi cien años cuando internet no existía ni en la teoría y nadie imaginaba que el estrés de la vida social haría del hombre un ser prácticamente aislado del presente. Hoy vivimos en la era de la inmediatez, el tiempo es la materia más preciada y no se puede desperdiciar en la introspección de los sentimientos. Cuanto más nos hundimos en la rutina más nos despegamos del tiempo presente y tratamos de encontrar la manera más rápida de escapar a la soledad. De ésta manera las redes sociales se convirtieron en la estrella de nuestra era.

Ésta estrella guía es la herramienta ideal que combina la inmediatez y la posibilidad de conocer a una persona a través de un simple resumen. La velocidad desenfrenada es la ley, lo primero en ser evaluado es el físico, luego los gustos, después las fotos (la imagen es de suma importancia) y por último examinamos minuciosamente la personalidad por medio de uno o varios chats. Sin darnos cuenta dejamos los sentimientos en segundo plano porque vivirlos demandaría mucho más tiempo y quizás lo que encuentre no me guste, en consecuencia, nos convertimos en objetos.

El buscar el camino más fácil nos transformó en substancias descartables y en muchos casos, lamentablemente, nos volvemos consciente de esto cuando ya es inevitable. Tarde o temprano los sentimientos afloran y si no poseen la profundidad necesaria para el amor traen consigo nuevamente la amargura, la tristeza y la desazón. La imposibilidad de conectarse en profundidad con lo que uno siente, con la vida y con el presente es lo que en nuestros días está matando al verdadero amor.

Pero, ¿Cómo distinguir un mero capricho de algo verdadero?, ¿Cómo llegar a esa profundidad y sinceridad del sentimiento? Jung asegura que hay que comprenderse en buena medida a uno mismo si uno pretende realmente entenderse con otro. Para ser consiente de mí mismo debo poder diferenciarme de los otros. Únicamente donde existe esta diferenciación puede tener lugar una relación. Pero no menos cierto es el hecho de que en el momento que uno admite amar a alguien, admite tener mucho que perder. Sin embargo, conocerse a ese nivel implica una autoestima elevada, por lo tanto, cuando uno es consciente de que el sentimiento es profundo y sincero no le temerá a no ser correspondido.

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El difícil arte de escribir

plumaYa pasó más de un año sin haber publicado ni un pequeño párrafo en este blog. Si la última nota hacía referencia a cómo enamorarse con algunas preguntas esta vez me pareció adecuado alejarnos del amor (no mucho) y abordar la ardua tarea de escribir. Seamos honestos, siempre hay algo para expresar independientemente del medio que elijamos para tal fin. La música, la pintura, el cine, una charla de café con amigos, una carta, una indirecta en las redes sociales. Todos son posibles y todos encierran diferentes grados de dificultad.

El Nobel de literatura Thomas Mann caracterizaba de manera ingeniosa su profesión. El señalaba que “Un escritor es alguien para quien la escritura es más difícil de lo que es para otras personas”. Hasta ahora no leí una descripción tan acertada de lo que fue este último año. ¿Pero donde radica ésta dificultad? Aunque tengamos siempre algo para decir muchas veces lleva su tiempo transformarlo en algo claro y preciso; y mucho más difícil se hace si la intención es compartirlo con el mayor número posible de personas.

La materia prima de un escritor es la vida misma dividida en experiencias, emociones, traumas, amor y todo aquello que sea importante para conformar la personalidad de cada uno. Constantemente, buscadas o no, la vida nos sorprende con nuevas experiencias y muchas de ellas tienen la capacidad de transformarnos. La vida siempre va un paso a delante y asimilarlo para volcarlo al papel puede llevar su tiempo. Se pueden sentir cosas nuevas pero la capacidad de escritura es vieja, hecha para la persona que era antes, y ahora ya no alcanza. Es ese momento en el que todo se paraliza, el contenido desborda las palabras, la estructura y la forma. Es tanto lo que uno quiere expresar que el bloqueo se asemeja a un inmenso dique intentando contener la inundación que puede provocar un río a punto de rebasar.

Muchos pueden decir que hay que dejar correr el agua, pero a veces es tanta que la inundación resultante no ayuda sino que empeora, desordena, destruye y a fin de cuentas arrasa con todo a su camino sin dejar nada claro en pie. El secreto quizás esté en aceptar el momento, escuchar lo que nos cuenta nuestro alrededor, madurar, crecer y hacer más fuerte ese dique para poder soltar la presión de tal manera que la energía producida sea limpia, duradera y liberadora con uno mismo. Aprender a expresar de manera artística lo que sentimos es un acto de madurez constante que ocupa toda la vida. La inspiración llega cuando iluminamos esos sentimientos, inmediatamente la creatividad será la encargada de transformar eso en un texto, una pintura o una partitura.

Una persona que ama escribir debe comprender que amar también es un arte. Esto implica que exista al menos una técnica para dominarlo y ponerlo en práctica. Ahora bien, para Erich Fromm la práctica de cualquier arte tiene ciertos requisitos. En primer lugar requiere disciplina: nunca haré nada bien si no lo hago de una manera disciplinada; cualquier cosa que haga solo porque tengo el estado de ánimo apropiado puede constituir un hobby más nunca llegaré a ser un maestro en este arte. La concentración es la segunda condición indispensable. Parece difícil en una cultura que lleva a una forma de vida difusa y desconcentrada donde se hacen muchas cosas a la vez. La falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos. Un tercer factor es la paciencia, necesaria para lograr cualquier cosa. Si aspiramos a obtener resultados rápidos, nunca aprenderemos un arte. Una vez cumplido los requisitos, la práctica del arte de escribir y amar requiere la práctica de la fe. Entendemos aquí a la fe como la cualidad de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones. Tener fe requiere coraje, la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar incluso el dolor y la desilusión.

El estar atento para escuchar que es lo que la vida nos tiene para decir parece ser una de las tareas más difíciles, mientras tanto continúo atesorando en papelitos lo que ella me susurra al oído.

A modo de cierre…

imageHoy no sé qué escribir, pero sin embargo dentro de mí nace una necesidad urgente de expresar alguna idea. No sé si será la angustia, la soledad, la incertidumbre lo que me motiva, lo único que sé es que quiero escribir. Reconozco que este blog nació como un lugar donde se podían poner a debate aquellas cosas que damos por normales dentro de nuestra sociedad pero que con un ojo más analítico nos podíamos dar cuenta que tales elementos no tenían nada de normal.

Muchas veces escribí de acuerdo a lo que observaba a mi alrededor, aquellas situaciones que estaban atravesando mis amigos y de las cuales yo era un observador silencioso. Otras veces, también escribí de acuerdo a ideas que me ofrecían, “che porque no escribís de esto” o “éste es un excelente tema para que hables en tu blog”. Y por último muchas veces escribí de acuerdo a lo que yo viví, a las experiencias que atravesaba a lo largo de todo este tiempo. Creo que si uno presta atención puede encontrar un hilo entre aquellas notas que fueron de mi observación, de consejos y de mi experiencia.

Pero hoy estoy agotado, me cuesta ordenar las ideas. He dejado de observar a mí alrededor porque ni siquiera puedo observar a mi interior. Aún me siguen aconsejando temas pero el cansancio me vence. Siento que la niebla no me deja ver más allá de mi nariz. Y salir de la neblina es una tarea muy agotadora. Puedo ser precavido e ir despacio y quizás tardar mucho tiempo en salir o acelerar todo con el objetivo de escaparme lo antes posible y en eso terminar estrellado contra una pared.

Creo que intentar ordenar las ideas de algún modo en este momento es un comienzo para poder volver a traer el espíritu de este blog. Finaliza un año y con él las muchas experiencias que pueden volcarse en la escritura. Finalizan broncas, llantos, tristeza, risas, besos esperando que comiencen cosas todavía mejores. El cambio de año es simplemente arrancar una hoja del almanaque, no podemos pretender que de un día al otro las cosas mejoren mágicamente. El verdadero cambio está en arrancar de cada uno eso que lo frena, eso que hace que siempre veamos las cosas negativas que nos sucedieron en lugar de las positivas.

¡Feliz navidad y año nuevo! Nos reencontraremos en el 2014…

Anotaciones sobre el Amor (Parte I)

En estos últimos meses el tema de mi lectura en el campo de la no ficción fue bastante particular: el amor. Leí varios libros (alternados entre algunos de ficción que me regalaron) que abordan el amor desde distintos aspectos como el sociológico, humanista, psicológico, histórico, etc. Leí todos ellos con la esperanza de encontrar la seguridad de la teoría, con la idea de desmitificar aquello que las películas nos venden como una vida perfecta, donde basta una mirada para conocerse por completo y donde el tiempo que lleva construir una relación transcurre en las pocas milésimas que tarda el fundido entre escena y escena. Digo esto porque he comprado esta imagen falsa que dista bastante de la realidad agotadora en la que se sufre, se esperanza, se confunde y por qué no, también se disfruta. Igualmente quiero aclarar que no es culpa del cine, porque el cine es eso, una fábrica de sueños. ¿Quién no soñó con la pareja perfecta?, ¿Quién no se ilusionó con la simpleza con la que se plantean las relaciones?, ¿Quién no desea llegar a la vejez junto a esa persona que ha hecho cada día de la existencia un día mejor? Pues quien no lo haya hecho que arroje la primera piedra.

Ya sabemos que el amor no es como lo pintan en las películas, pero entonces ¿Por qué lo pintan así? El abordaje sociológico sobre el amor me dio una idea aproximada de este por qué. Claramente vivimos en una sociedad capitalista de masas donde todo puede ser empaquetado y vendido al mejor postor. Nada queda exento de esta mecánica diabólica, ni siquiera el amor. El amor en nuestra sociedad se convierte en un producto que podemos adquirir y cambiar cuando sale al mercado una nueva versión. Las industrias culturales no están exentas posibilitando la reproducción de una imagen del amor lo más plana posible. Aquí las películas románticas cumplen un papel fundamental al convertirse en un medio para reproducir relaciones ideales de fácil consumo y descartables. Las relaciones que plantean estos tipos de films son idílicas donde todo los problemas se resuelve llegando al final, lo que nadie nos quiere contar es qué sucede después de los títulos.

La dinámica del consumo es la dinámica de la rapidez, de tenerlo todo ahora. Inmediatamente buscamos escaparnos de una relación cuando esta se vuelve estéril. Cuando una relación también comienza a dejarnos sin aire el mercado del amor nos brinda la posibilidad de sustituirla por otra completamente nueva acorde a nuestras exigencias. A partir de esto el sociólogo Zigmunt Bauman diría que el amor se convirtió en un líquido, en algo que corre hacia donde la gravedad del mercado capitalista lo lleve. Un amor donde ya nada está definido y nada es seguro, donde todo puede acabar de un momento a otro. Simplemente nos dejamos llevar por la maquinaria del consumo.

Luego de aclarado el aspecto sociológico me pregunté entonces en qué consiste realmente amar. Es aquí donde llega a mis manos un libro de Erich Fromm: “El arte de amar” y es que el autor plantea que amar es un arte. Al ser un arte esto implica que hay una o varias técnicas para dominarla y ponerlo en práctica. Lamentablemente nadie nos enseña amar ya que amar es una experiencia personal que solo podemos tener por y para nosotros. Ahora bien, para Fromm la práctica de cualquier arte tiene ciertos requisitos. En primer lugar requiere disciplina: nunca haré nada bien si no lo hago de una manera disciplinada; cualquier cosa que haga solo porque tengo el estado de ánimo apropiado puede constituir un hobby más nunca llegaré a ser un maestro en este arte. No se trata de una disciplina relativa a la práctica de un arte particular, sino en la disciplina en toda la vida.

La concentración es la segunda condición indispensable. Parece difícil en una cultura que lleva a una forma de vida difusa y desconcentrada donde se hacen muchas cosas a la vez. La falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos. Un tercer factor es la paciencia, necesaria para lograr cualquier cosa. Si aspiramos a obtener resultados rápidos, nunca aprenderemos un arte. Para el hombre moderno es difícil practicar la paciencia ya que todo nuestro sistema industrial alimenta precisamente lo contrario: la rapidez. Otra condición para aprender cualquier arte es una preocupación suprema por el dominio del arte. Si se aspira a ser un maestro en cualquier arte, toda la vida debe estar dedicada a él.

Una vez cumplido los requisitos la práctica del arte de amar requiere la práctica de la fe. Entendemos aquí a la fe como la cualidad de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones. Tener fe requiere coraje, la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar incluso el dolor y la desilusión. Ser amado y amar requiere coraje, la valentía de atribuir a ciertos valores fundamental importancia (y de dar el salto y apostar a todos esos valores). Cada traición a la fe nos debilita y la mayor debilidad nos lleva a una traición y así en adelante a un círculo vicioso. Entonces mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar.

Amar significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada. El amor es un acto de fe, y quien tenga poca fe también tiene poco amor.

 

Continuará…

La angustia de la contemplación

Los argentinos somos charlatanes, pero charlatanes en el buen sentido. Nos gusta sentarnos a discutir sobre lo que sea y con quien sea. Siempre tenemos una opinión formada guardada en el bolsillo esperando a salir cuando la persona con la que compartimos un mate nos pregunta: “¿Qué te pareció el aumento del subte?” Y que no nos extrañe si dichas personas viven en Ushuaia y el aumento del pasaje no influye en lo más mínimo en sus rutinas.

Estas situaciones demuestran la gran capacidad de análisis que tenemos de nuestra realidad. Pero si lo vemos desde otro ángulo estas situaciones demuestran nuestra pasividad frente a los problemas. Analizamos desde nuestras sillas, frente al televisor o frente a cualquier oreja que se preste a oír. Al parecer los problemas tienen un raro efecto sobre la mayoría de nosotros: nos gusta contemplarlos, analizarlos, darles vuelta, comentarlos. Sucede con frecuencia que comparamos nuestros problemas con los de los demás y decimos: “Tu problema no es nada… ¡espera que te cuente el mío!”  A este proceso de contemplación e inacción se lo ha dado en llamar “parálisis por análisis”. el aumento del pasaje no influye en lo más mínimo en sus rutinas.

Es que de alguna forma, cuando analizamos tanto, no hacemos nada. Cometemos el error de pensar que este análisis es un sexto sentido que nos previene de posibles errores y que si lo logramos vencer lo que hagamos será más firme. Pero en realidad casi siempre (por no decir siempre) este análisis nos frustra, nos congela y aísla, fracasando de esta manera antes de poder intentar algo. Lo más probable que pase es que otros tomen el lugar que pudimos tener y vivamos arrepentidos de la oportunidad perdida. Se convierte en un círculo vicioso: no podemos aceptar el resultado que nosotros mismos no supimos afrontar y ahora seguimos analizando.

Una fuerza interna nos detiene, no sabemos que es; quizá un viejo trauma olvidado que nuestro subconsciente se encarga de revivir. No sabemos qué hacer ya que analizamos todas las variables buenas y malas. Nos volvemos inseguros de nosotros mismos, nos abruman las posibilidades y por temor no nos arriesgamos.

Siempre podemos pensar: “hoy es el día, hoy voy a lograr la meta que me he propuesto por más mínima que sea”. Pero inmediatamente surge el análisis, llegar a esa meta puede significar que algo cambie para bien en nuestras vidas o por el contrario fracasar puede afectarnos al punto de no querernos levantar al día siguiente. La cabeza funciona a mil por hora, nos cansamos y angustiamos y lo único que queremos es parar con eso. Tomamos la decisión de dejar todo de lado ya que esa meta es la que nos provoca tanto dolor y ya no queremos sufrir más. Nos paralizamos y pensamos, sin quererlo uno se convierte en victima de sus propias decisiones.

Ser analítico es bueno, pero hasta cierto nivel. Ya llevamos tanto tiempo analizando y ni siquiera hemos tomado cartas en el asunto, solo vemos como todo pasa. Los días pasan y cuando por fin estamos decididos algo más nos detiene. Es la falta de valor, el valor necesario para hacer algo diferente que rompa con la monotonía de la rutina, el valor necesario para abrirnos caminos a nuevas experiencias, el valor necesario para enfrentar aquello que nos pesa en la cabeza y no podemos quitar.

Primero nos alentamos pensando “no tengo nada que perder, el que no arriesga no gana” pero inmediatamente analizamos “y si fallo?, prefiero seguir pasando desapercibido a que me tomen por tonto o fracasado”. Finalmente nadie nos echa en cara nada y volvemos tranquilamente al anonimato porque no hemos logrado hacer valer nuestras decisiones. El único que se echa en cara todo es uno mismo, muy dentro nuestro.

Así que: ¿Qué vas a hacer… vas a pasar paralizado todo el tiempo mientras tu sueño se hace viejo contigo. O vas a llegar un punto en donde decidirás renunciar a eso de una vez por todas o finalmente decir que sí lo vas a hacer. De lo que si no quedan dudas es que de tanto analizar te vas a frustrar y al final vas a quedar como una persona que odiará, en pequeña o gran escala, el ver cómo otros pueden realizar sus sueños y vos no. Vas a pasar todo el tiempo llorando por no tener el valor y carácter suficiente para realizar lo que tienes o al menos quieres hacer. ¿Vas a quedarte así?